Abrió los ojos y lo miró. Esos grandes ojos, cautivadores, melancólicos y con un atisbo de fuerza y alegría. Él la miraba dudoso, inseguro, pero no conseguía apartar la vista de esos ojos, de esos labios. Entrecerrados, serios, espectantes y relajados.
Se preguntó a que sabrían esos labios, rozarlos, besarlos y sentirlos tan cerca de él. ¿Estaba haciendo lo correcto? Sí, creía que sí. Se acercó y rozó con sus labios los de ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo, probaron sus labios, abrieron sus bocas. ¿Por qué no lo había hecho antes? Si alguien pudiese volar, seguramente describiría la misma sensación. Su boca sabía a miel, su boca era perfecta.

Ella siguió el baile que sus bocas habían comenzado. No deberían haber llegado a esto, pero quiso continuar, quiso seguir ahí y disfrutó de cada roce, de cada segundo.
No pudieron separase fácilmente. El sabor del otro impregno sus bocas. Sentían los labios pegados, mil caricias sin usar las manos y en ese momento eran el universo. No existía nada más, el tiempo no pasaba, la noche no hubiera tenido fin. No importaban los males del mundo porque lo único importante era ese beso. Ese primer beso que encendió el fuego en sus corazones, que los mantuvo alejados de los problemas.
Disfrutaron, saborearon y se sintieron felices y al mismo tiempo inseguros. ¿Pronto tal vez? El tiempo lo diría.
Y el tiempo habló y no pudo ser el único beso, vinieron más, aprendieron a mover sus bocas al son del otro como si se conocieron de toda la vida. Y cada beso les pedía otro. No sabían como acabaría, pero probablemente esos besos se grabarían para siempre en su memoria.



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