08:00 — 29 – septiembre – 2009
Brahim salió del hotel y se mezcló con la gente. Como si fuera uno más entre todos ellos. Sonidos de bocinas, motores, obras, pasos, gente hablando, gente gritando. La vida bullía un día más en la ciudad. Unos iban, otros volvían, la mayor parte con un destino fijo y unos quehaceres bien definidos. Era fácil sentirse uno más, una persona normal entre tantos desconocidos.
Sin embargo se sentía solo. Una soledad acompañada. A pesar de estar rodeado de gente, nadie lo conocía, nadie reparaba en él. No era como los demás, estaba en un universo aparte. Distanciado del resto por sus pensamientos, por sus objetivos. No, él no era como ellos.
Dejó atrás el hotel. Caminaba sin rumbo, donde lo llevaban sus pies. Cabizbajo, meditando. Dejó de oir la gente de alrededor, dejó de mezclarse con ellos y se sumió en su mundo, en su desdicha, en el error que estaba cometiendo y esperando un atisbo de perdón que sabía que jamás llegaría.
¿Matar a una niña de siete años? Condenaba su alma o se enfrentaba a Dios sabe qué. Tenía miedo de lo que pudieran hacerle, sí, eso era, un cobarde. No tenía otro nombre. Estaba en su propio universo, un universo cobarde. Solo, él solo.



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