Soledad

15 09 2009

08:00 — 29 – septiembre – 2009

Brahim salió del hotel y se mezcló con la gente. Como si fuera uno más entre todos ellos. Sonidos de bocinas, motores, obras, pasos, gente hablando, gente gritando. La vida bullía un día más en la ciudad. Unos iban, otros volvían, la mayor parte con un destino fijo y unos quehaceres bien definidos. Era fácil sentirse uno más, una persona normal entre tantos desconocidos.

Sin embargo se sentía solo. Una soledad acompañada. A pesar de estar rodeado de gente, nadie lo conocía, nadie reparaba en él. No era como los demás, estaba en un universo aparte. Distanciado del resto por sus pensamientos, por sus objetivos. No, él no era como ellos.

Dejó atrás el hotel. Caminaba sin rumbo, donde lo llevaban sus pies. Cabizbajo, meditando. Dejó de oir la gente de alrededor, dejó de mezclarse con ellos y se sumió en su mundo, en su desdicha, en el error que estaba cometiendo y esperando un atisbo de perdón que sabía que jamás llegaría.

¿Matar a una niña de siete años? Condenaba su alma o se enfrentaba a Dios sabe qué. Tenía miedo de lo que pudieran hacerle, sí, eso era, un cobarde. No tenía otro nombre. Estaba en su propio universo, un universo cobarde. Solo, él solo.





El número

15 09 2009

23:00 — 28 – septiembre – 2009

Marta cerró la puerta de su casa. Volvía de tomar un café con uno de sus amigos: Albert. Dejó las llaves en el mueblecito de la entrada, se apoyó en la puerta y respiró profundamente. Su vida estaba un poco desordenada y no le había hecho muy bien estar escuchando a Albert, pero los amigos son los amigos y había que aguantar.

Albert le había contado su nuevo fracaso amoroso. “Esta vez al menos le había dejado un sosten de recuerdo” le había dicho entre bromas y quejas. Albert continuamente tenía desengaños amorosos. Marta pensaba que o bien era por su falta de compromiso o por su extrema entrega. En ese aspecto no lo conocía muy bien.

Entró al salón y dejó el bolso sobre el sofá un momento. Miró al rededor, volvió a respirar profundamente. La casa olía de maravilla, un ambiente a limpio y todo ordenado, como a ella le gustaba. Entonces reparó en un papelito que sobresalía del bolso.

“Llámalo, quizá te vaya bien.” Y junto a esa frase, un número de teléfono. Era la letra de Albert.

¿Qué se supone que era esto? ¿El teléfono de un psicólogo? No le gustó esa broma, arrugó el papel y lo arrojó a la papelera.

Pero media hora más tarde, aproximadamente, volvió a cogerlo, muerta por la curiosidad y marcó el número con su móvil. Un tono y colgó.





Encuentros

14 09 2009

08:00 — 28 – septiembre – 2009

Había acudido al local con unos amigos. El local tenía una decoración entre minimalista y lujosa. Decorado con buen gusto y unos sillones confortables, algo que era de agradecer. Además había una gran variedad de cafés y copas. Recomendable especialmente eran sus postres de chocolate. El lugar ideal para tomar un café mientras charlaban.

Hans reparó en un hombre solitario en la barra. Pensativo. Tomaba un White Label, en un vaso con dos hielos. Se acercó para pagar los cafés.

“Una buena mañana de lunes, ¿cierto?” dijo Hans con el ánimo de entablar conversación mientras alguna camarera le atendía.

“Depende de con quien hayas estado esta noche” Repuso el desconocido casi sin ganas.

“… aunque debería depender de uno mismo ¿no?” Replicó Hans algo confuso.

“No tengo una buena racha últimamente. Y no creo que contarlo a un desconocido en un bar sea lo mejor que puedo hacer, pero tú no me conoces, yo no te conozco y quizá sea lo que necesite ahora… ” dijo el desconocido antes de comenzar su historia.

Le explicó que llevaba poco tiempo en la ciudad y que era artista, su nombre: Albert. Vivía en un ático y aún no conocía mucha gente. Había conocido varias chicas. Primero una, se enamoró de ella… no resultó, tenía novio y no lo supo hasta un tiempo después. Luego otra, acababa de pasar la noche con ella… también tenía novio.

Hans se interesó por las chicas. La última, Juliette, no había sido tan intenso como la anterior: Sarah. Albert le explicó con detalle los momentos vividos con Sarah. Incluso le dijo que había estado en casa de ella, aprovechando que vivía sola.

“Lo siento, tengo que dejarte” dijo Hans cambiando totalmente su humor.

Se fue, sin más.

Sarah era su novia.





Bar

14 09 2009

23:35 — 28 - septiembre – 2009

Estaba apoyado en la barra del bar. Tenía un vaso con whisky y dos hielos. White label, su preferido. Jugueteaba con el vaso entre sus manos. Pensaba, no paraba de pensar.

El suelo de madera crujía con cada paso de los clientes. El local era rústico. Adornado con fotografías de músicos negros, grandes maestros del jazz. Los jueves por la noche tocaba un buen grupo. Se podría decir que era el local de moda de la ciudad. Donde todo el mundo acudía a tomar sus copas. Pero esta noche, lluviosa y fría, la gente había preferido quedarse en casa.  Después de todo, un lunes tampoco había mucho ambiente.

Joel se sentía derrotado. Se supone que era un tipo con grandes ideas, con grandes expectativas… y no conseguía hacer nada. Sentía su vida vacia. Desorganizado. No conseguía mantener un amor cerca de él. Nada lo completaba y no podía encontrar su sitio. Muchos le habían dicho lo que valía, lo bueno que era en todo. A la hora de la verdad, había salido derrotado en todo.

Recibió una llamada perdida en el móvil. Solo un toque. Colgaron. El número era desconocido.





Infiel

11 09 2009

15:30 — 28 – septiembre – 2009

Se encaminaba por el aparcamiento hacia su coche. Un Opel Astra color plata que había comprado de segunda mano. A esta hora casi todo el mundo había salido ya de la escuela. Ella era profesora. A estas horas, sin niños, sin ruidos, el colegio adquiría un matiz sombrío. Un lugar que habitualmente estaba bullente y lleno de gritos y risas, ahora permanecia en silencio, como abandonado.

Perdió la mano por su bolso intentando buscar las llaves: el móvil… no, la cartera… no, la funda de unas gafas… no, el pintalabios… no, ahhh las llaves ¡por fin! Las sacó y abrió el coche a distancia haciendo como que disparaba y cerrando un ojo. Estaba feliz.

Entró en su coche. Se miró en el retrovisor, le gustó lo que vió. Definitivamente estaba más joven y guapa que nunca. Se arregló un poco el pelo, se puso las gafas de sol y rebuscó en el bolso su móvil. Marcó un número de memoria y llamó.

“¿Sí?” Contestó una voz masculina y débil al otro lado.

“¡Hola, Cariño! Acabo de salir de trabajar…”

“¡No quiero verte!” Contestó la otra voz cortante. Inmediatamente colgó.

Entonces advirtió que tenía un mensaje en el móvil.

“Se lo que has hecho, se con quien te has visto. ¡Ojalá te pudras!”





Repudiada

11 09 2009

23:50 — 14 – febrero – 2002

Llegaba tarde a casa. Se ajustó la minifalda y trató de mantenerse erguida caminando sobre sus tacones. Le dolían los pies. Estaba un poco pálida y dos regueros negros le caían por las mejillas. Había estado llorando y el rimmel había dejado su rastro. Y para colmo volvió a recordar que llegaba tarde a casa. Su padre era muy estricto con la hora:

“Antes de las once te quiero en casa” le recordaba siempre al salir.

Tenía 16 años. Sus amigos eran mayores. Malas juntas decían sus padres. Aunque para ella siempre habían sido su pequeña familia. En casa había que aparentar, ostentar, comportarse de manera “recatada”. Con sus amigos podía ser ella, simplemente ella, Juliette.

Llegó a casa. Su padre la esperaba en la puerta.

“Llegas tarde” dijo con voz autoritaria. Ella no contestó, estaba atemorizada.

“¿Qué te pasa?” preguntó él sin cambiar el tono de voz. Ella comenzó a llorar, trató de cobijarse en los brazos de su padre y él la apartó.

Treinta minutos después se encontró en la calle con un par de maletas preparadas. Su padre la había echado de casa. Con sus 16 años estaba sola y… embarazada.





Has llegado

10 09 2009

08:00 — 28 – Septiembre – 2009

Caminaba solo por la calle. Las calles estaban mojadas, dedujo que había llovido la noche anterior. La mañana se estaba animando. Escuchó la música de una tuna al pasar junto a una terraza de un bar. Estaba sumido en sus pensamientos. Este último mes con su chica había sido maravilloso, estaban más unidos que nunca. Planeaba mil cosas en su cabeza mientras de fondo se oía a los tunos cantar a voces “Clavelitos”.

“Buenos días, Louis” lo saludó el tendero que vivía en su calle.
“Buenos días” dijo él casi sin prestar atención.

Ya era la hora, su chica llegaría en el próximo autobús. Al fondo de la calle estaba la parada de autobuses del barrio, la más próxima a su casa. La chica lo había llamado y le había dicho que llegaría sobre esa hora.

Por fin llegó. El autobús urbano de la línea nueve. Una de las líneas más importantes y más antiguas de la ciudad, su recorrido atravesaba el mismo centro. Y allí estaba ella, tan frágil, tan bella. Descendió. Se miraron. Él le sonrió. Ella le dijo:

“Tenemos que hablar”.





Whisky

9 09 2009

06:00 — 29 – Septiembre – 2009

Ella salía de trabajar. En esta época refrescaba bastante a esas horas. Se envolvió con su abrigo imitación de visón y se dispuso a volver a casa. Las calles a esta hora tenían un ambiente especial. Los barrenderos se esmeraban en limpiar todo para el nuevo día. Algunos bares estaban abiertos y los primeros trabajadores ya disfrutaban de su café y las noticias de los diarios. A esta hora todo el mundo parecía respetarse. Habían pasado las horas más oscuras, el cielo comenzaba a clarear y casí podía asegurar que las personas que se cruzaba por la calle eran de fiar. No quedaba maldad en la ciudad, todo el mal parecía desaparecer con las primeras luces del alba.

Había sido una noche muy agetreada. Recordaba especialmente el olor a whisky, ese olor que tan poco le gustaba, pero que, por su trabajo, debía soportar casi a diario. Al menos no era olor a vodka o, peor, a sudor. Además su ropa apestaba a tabaco barato. Ella nunca sintió interés por fumar, en secundaria tuvo que soportar las bromas de sus amigas por no querer encerrarse en el aseo para fumar un pitillo.

Atrás dejó el viejo local donde trabajaba. Normalmente las noches eran más relajadas. Pero esta noche su cliente había sido un árabe maleducado, con una voz muy grave, autoritario. El tipo apestaba a whisky y la había tratado con dureza, hasta el punto de que la jefa le había dicho que con esas formas no volvería a ser admitido. El desgraciado se había ido del local riendo a carcajadas.

Recibió un mensaje en el móvil: “Buenos días Juliette, espero que esta noche les hayas demostrado lo mucho que vales. Te quiero.” Ella se echó a llorar.





Objetivo

9 09 2009

07:30 — 29 – Septiembre – 2009

Estaba terminando de ajustarse la corbata frente al espejo.

La habitación de hotel y el propio hotel en sí eran bastante antiguos. El suelo enmoquetado tenía adherido un olor a tabaco que sería imposible desprender. El papel de las paredes estaba roto por numerosas partes y en el techo había varias grietas. La única luz de la habitación era un bombilla que haría que cualquier técnico de riesgos se echara las manos a la cabeza. Y a saber que clase de enfermedades se podrían coger por acostarse en esa cama.

En su cabeza aún se repetía la conversación telefónica con Ahfid Mohammadi:

“Has venido para cumplir tu objetivo. Subes a ese edificio, disparas y te vas” Le había insistido Ahfid.

“Sí, pero acepté el trabajo antes de saber quién sería mi objetivo” Contesto él con la voz apagada.

“Subes, disparas y te vas. Recuerda lo que has pactado.”

“No sabía que tenía que disparar a una niña de siete años…”

Ahfid había colgado el teléfono. No había posibilidad de replica.





Besos de alquiler

8 09 2009

07:00 — 28 – Septiembre – 2009

Se despertó en la cama, envuelto en sábanas blancas y con la luz del sol inundando toda la habitación. Había una mezcla de olores, entre sudor y perfume barato, imitación de un D&G. Un sostén de encaje color negro colgaba de la pata de la cama. La puerta de la habitación estaba entreabierta.

Anoche se dieron un pequeño homenaje. Lo recordó con una sonrisa.

“Esta muchacha va a volverme loco… si es que no lo ha hecho ya.” Pensó él.

Empezó a notar la casa demasiado vacía. No había nadie más, estaba solo. Prestó atención y… no, no se oía ni un pequeño ruido. No había más rastros de su ropa. Sin embargo, había dejado una nota.

“Estuviste genial.

Solo te pido que no te enamores de mí, para eso ya tengo a mi novio.

Gracias.

Te quiero.”